GUAPOS Y GUAPAS
de Juan Almendares (Honduras)


A tuto, a lomo o a caballito fueron de los juegos más divertidos cuando éramos niños. Consistía en montarse sobre las espaldas de nuestros parientes, mientras ellos gateaban como niños o daban saltos relinchando como caballos. Recibir un caballito de madera o ser fotografiado montando a caballo era el mejor regalo de cumpleaños.

Aquellas inocentes maromas se tornaban empañadas cuando en el cine o en los medios de comunicación se promovía el caballo como símbolo de poder, machismo o de la violencia del oeste norteamericano.

Los recuerdos infantiles acerca de los caballos brotaron en mi memoria después de la conversación con María, de la organización indígena lenca COPIN; quien me había dicho -Doctor Juan por favor vaya a la Montaña Verde, la que esta cerca del cielo; porque hay mucha necesidad; casi nunca ha llegado un médico. Solo queda cuatro horas a caballo desde San Francisco de Opalaca.

Días después, partimos en misión médica desde Tegucigalpa y ocho horas más tarde llegamos de San Francisco de Opalaca. El sol todavía estaba sonriente. Los niños se congregaron junto a nosotros bajo la sombra del pino y jugaron con mis compañeras de misión: Maite y Marielos.

¿Con qué pintan Uds.?, -Le pregunte a una de las niñas-. Con lápices de colores respondió; luego agregó -pero son muy caros los lápices que piden los maestros- Tomando un carbón de leña que había sobrado del fogón de Doña Cristina, procedí a pintar en el papel, el rostro de la niña. Todos los niños empezaron a dibujar con carbón y luego manifestaron -Las tierras de colores también sirven para pintar-.

En compañía de los niños entre a la cooperativa a comprar, entre otras cosas, un sombrero. Sin embargo no pude hacerlo; porque después de probar diez sombreros, ninguno me quedaba porque eran pequeños. Por primera vez descubrí que pertenecía al "conjunto de los cabezones". Observé que la picardía iluminaba el rostro de los niños.

A la madrugada siguiente; el siete de abril del presente milenio (Día Internacional de la Salud), salimos para Montaña Verde. Benigno, uno de los anfitriones, llegó con dos caballos para ayudarnos a transportar las medicinas y a una de las compañeras.

Caminé, en compañía de Marielos; cargando cincuenta libras en una mochila que contenía medicinas. En el curso del camino llegó Feliciano con otros dos caballos para transportarnos, ya que faltaban tres horas más para llegar a nuestro destino.

Sentí miedo y pesar cuando me subí a aquella mula sin freno; primero porque hacía quince años que no practicaba la equitación y segundo porque no me gustaba que el peso de mi cuerpo hiciera sufrir a éste animal.

El sendero estaba lleno de pendientes, subidas y precipicios y toda clase de peligros; pero todos llegamos a salvo, gracias a las conducciones de Benigno, Feliciano y desde luego a la paciencia y generosidad de los caballos.

El aroma de los pinares y los gigantes liquidambares indicaban la fortaleza de la montaña. La diversa la naturaleza limpiaba los manantiales. Estaban ausentes los cortes de madera y los incendios forestales.
Después de tres horas de equitación, pasamos por la dura prueba de subir más de dos mil metros de altura. Luis quien había llegado antes y varios miembros de la comunidad nos dieron la fraternal bienvenida.

La ternura de la naturaleza se confundía con la humildad de los habitantes. No obstante aquel escenario era objeto constante de amenazas, terror e injusticia por parte de la violencia organizada que gozando de impunidad pretendía desalojar las comunidades indígenas de sus legítimas tierras.
El abandono total de los gobiernos era evidente. Un centro de salud sin médico ni enfermera y una escuela sin maestro. El sufrimiento era ostensible en los rostros prematuramente envejecidos y en las bocas desdentadas.

Durante la consulta médica me encontré de nuevo con María, quien dijo -le presento a mis siete guapos y guapas, cuatro niños y tres niñas- Era la manera cariñosa de tratar a los pequeños en Montaña Verde.

Los siete hijos de María estaban descalzos, con las barrigas abultadas, tenían historia de haber expulsado lombrices y el color de sus cabellos era como un arco iris que señalaba la desnutrición. Ellos y ellas representaban el indicador promedio de las condiciones paupérrimas existentes en aquella comunidad.

Me tomé una fotografía con los pequeños y subí a una niña sobre mis espaldas como si yo fuera un caballito. En las cuevas de mis ojos aquella imagen de pobreza humedeció las fibras de mi espíritu.
Nos reunimos cerca de las estrellas, con la luna llena de esperanza. La naturaleza era transparente como el lenguaje de los participantes Feliciano manifestó -Hemos sufrido mucho; pero la Montaña Verde nos ha dado fortaleza espiritual para lograr algunas victorias. Se ha protegido el bosque de los cortes de madera y los incendios realizados por los que han querido siempre apoderarse de nuestras tierras. El consumo de alcohol lo hemos reducido a cero y la tercera victoria es con respecto al tabaco-

-Nosotros los hombres, continuaba diciendo Feliciano- que visitamos con más frecuencia las ciudades; aprendimos a fumar y a cargar los caballos con cigarrillos para ser vendidos en Montaña Verde.

Luego añadió- Por medio del cine y la televisión se pudo conocer al "Hombre Malboro" quien con su vestido y sombrero de elegante vaquero montado en su caballo, nos invitaba a fumar. Al asimilar esta conducta empezamos a promover el consumo de cigarrillos en nuestras comunidades donde no hay luz eléctrica, ni televisión y tampoco existen vaqueros con ropas elegantes-

Fue en una asamblea comunitaria; comentaba María que las mujeres planteamos- Debemos aprender de la sabiduría de los mosquitos los cuales huyen del humo para conservarse sanos y por lo tanto no fuman. Nuestros niños empiezan a fumar a los seis años al recoger las colillas de los padres. En tal sentido determinamos que el dinero que gastaban los hombres en tabaco debería servir para nutrir nuestros "guapos y guapas". Benigno agregó: -entonces comprendimos que el "Hombre Malboro" era el jinete mensajero de la muerte-.

Finalmente concluyó Feliciano -la comunidad se decidió porque la Montaña Verde sea libre de humo. Hace un año fumaba la mitad de la población; ahora solo lo hace el cinco por ciento.. Aquí cerca del cielo no se vende ni se promueve el tabaco ni el alcohol-.

Aquel relato nos enseñaba que las más sabias decisiones, son producto del amor y respeto a la vida.
Mientras aquella histórica experiencia tenía lugar en Montaña Verde; el Gobierno y el Congreso de la República de Honduras siguen siendo sometidos a los designios de la British American Tobacco Company y a la Philip Morris en el afán de promover la "plaga del tercer milenio".

Hasta Ginebra haremos llegar el testimonio de Montaña Verde para que sea emulado por aquellos gobiernos que todavía siguen apoyando a las multinacionales del tabaco y son un obstáculo para que las regulaciones de la Organización Mundial de la Salud estén al servicio de la vida.

Mensajes urgentes de solidaridad se requieren para que en Montaña Verde cesen las violaciones de los derechos humanos de los indígenas por los sectores poderosos que utilizan la violencia organizada con toda impunidad

En mis sueños están vivas las imágenes de aquella Verde Montaña con sus "Guapos y Guapas" que cabalgan como jinetes de esperanza y libertad para anunciar que algún día habrá justicia para los pobres de la tierra.